– 3 – María Cortez

¡Vigo sabe a mar!

Quien alguna vez haya caminado entre las calles del Casco Vello* sabe que, si respira hondo, incluso con los ojos cerrados encontrará alguna pista que lo llevará hasta las Rías Bajas. 

Fue así en los días en que Francis Drake subió a la colina del Castro quemando todo lo que encontraba por delante como también el día en que Franco murió y según se dice la fiesta se prolongó hasta la madrugada. 

¡El mar es el aire de Vigo!

Pero es desde las islas Cíes, pequeño archipiélago que forma parte del Parque Nacional de las Islas Atlánticas, donde mejor puede vislumbrarse la indescriptible belleza de la ciudad.

Sentado en la arena de la famosa playa de Rodas, o si prefieren la mejor playa del mundo en opinión de un diario inglés, es posible contemplar este anfiteatro natural que Dios o alguien incumbido por Él ha diseñado.

De vuelta a Vigo, si caminamos en sentido inverso al mar, y después de atravesar la parte más antigua de la ciudad, entramos en la Rúa do Príncipe y empezamos a recorrer la parte nueva de la ciudad: son las avenidas anchas que determinan la forma de entrar, circular e incluso salir de la urbe.

En la antigüedad era la disposición de las casas la que determinaba el emplazamiento y el desarrollo de las vías.

* Vigo, el casco vello - Es la zona antigua de Vigo, la que quedaba dentro de la muralla y en el entorno próximo. Sus orígenes remontan al siglo XVI, pero las invasiones, los saqueos, los incendios y las epidemias han hecho que fuese derribado y construido muchas veces, modificando el aspecto de sus calles. Salpicadas de placetas y soportales, sus callejuelas han pasado de ser lugares de tertulia de marineros a punto de reunión de la juventud. Algunas conservan todo el sabor de lo antiguo y merece la pena pasear por ellas. Ha sido declarado monumento de interés cultural como conjunto histórico.

Las calles y callejuelas que pueblan la mayor parte de las ciudades europeas, por lo menos las que han sobrevivido a guerras o cataclismos, existen allí donde están porque no podrían existir en ningún otro lado. 

Casas y calles hubieron de adaptarse al tiempo del mundo, sirviendo a las personas y siendo en consecuencia su propiedad, ser de una calle o pertenecer a un barrio era como tener un Padre o una Madre. 

Por oposición, en la época moderna son las vías de circulación las que determinan dónde se pueden construir viviendas nuevas, y por consiguiente dónde pueden habitar las personas.

¡Primero se proyecta, y tan sólo después se humaniza el paisaje! Si alguna casa tiene la mala suerte de que la regla y la escuadra pasen por encima de ella, probablemente acabará siendo demolida.

Si pensamos en ello, ha dejado de existir el concepto de mi calle, o de nuestra calle, pasando ésta a ser un lugar extraño, de paso, donde se circula rápido o muy rápido. 

Era éste un pensamiento que acompañaba a María en sus subidas y bajadas entre la parte vieja y la parte nueva de la ciudad: junto al Río, era la ciudad caótica e irrepetible y, en la parte alta, el orden y el progreso que alguien, nadie sabe nunca quién, había decidido que fuera así.

Una de las principales arterias de comunicación de la ciudad actual se sitúa en la parte nueva, repleta de comercio y expresiva de todas las formas de capitalismo en su estado más puro, se trata de la Calle de Venezuela. 

Una de aquellas ironías que, tras la elección de Hugo Chávez en el País con el mismo nombre, hacía sonreír a María, y probablemente no solo a ella.

Cuando salía por la mañana todavía medio adormilada y empujada por sus hermanos mayores para llegar a la hora al colegio religioso que no quedaba lejos de casa, siempre tenía que atravesar la frontera entre las calles que habían surgido porque no era posible que estuvieran en otro lado y las calles largas y bonitas que alguien había decidido que deberían ser así. 

¿Cuál era la parte de la ciudad que prefería? No sabría decirlo. Le gustaban ambas, se sentía tan bien caminando por las calles estrechas de los prostíbulos situados cerca de la ría como cuando compró su primer manual escolar en El Corte Inglés.

El miedo y el placer parecían caminar de la mano en su vida: aprendió a dormir y a despertarse con estas compañías que parecían velar por ella como si fueran inseparables.

Cuando era su padre Luis quien la llevaba a la escuela, significaba no sólo que llegaba tarde sino que probablemente había perdido la primera clase de la mañana.

El trayecto sería entonces ocasión para una mezcla de Laudes con teología de la liberación templada por un sermón de falta de responsabilidad dado por el Padre.

Una vez llegada al Colegio tendría derecho a una segunda vuelta de sermones en todo idéntico al primero, con excepción de la parte de la teoría de la liberación, que en el caso de aquel colegio y de la respectiva congregación se había quedado en algunas regañinas para indios y sacerdotes en lugares remotos de América Latina. 

María se llamaba María por culpa de las varias tías y primas Marías que la familia insistía en bautizar religiosamente de la misma forma desde hacía más de doscientos años, según su Madre, o más de dos mil años, según su Abuela.

La vida en Galicia era estable y previsible. La lluvia caía todos los días, más o menos a la misma hora, la neblina matinal sólo se levantaba después de las doce campanadas de la campana de la catedral e incluso los constantes ataques de barcos en los que una vez ondeaba pabellón pirata y otras inglés, aunque la tripulación fuera la misma, eran posibles de pronosticar. 

En buen rigor la vida era previsible y eso era excelente, en particular para los hombres de la ciudad. Lo mismo pasaba en relación a las mujeres, a excepción de lo de ser excelente.

Cualquiera que fueran sus orígenes o clase social, incluso con la llegada del nuevo siglo, la verdad es que siendo mujer se nacía para se ser hija, mujer de alguien, madre, de muchos de preferencia, después abuela y si la vida fuera muy generosa tal vez bisabuela.

Muy poco cambió en la vida de las mujeres gallegas a excepción de las colinas alrededor de la Bahía, que con el amontonamiento de edificios y casas quedó más fea.

El Padre de María, Luis Cortez, era un hombre enorme, hablaba varios idiomas, bebía una botella de vino tinto en la comida y sabía un poco de casi todo pues había vivido en varios países con nombres extraños y había estudiado en un seminario de Cataluña. 

En consecuencia, todas las reuniones de familia transcurrían al son de su voz tipo trueno, del ritmo de sus historias que, repetidas hasta el agotamiento, eran motivo de placer garantizado para todos; y, claro está, del sabor del vino, mucho vino y muy bueno.

Luis Cortez era un producto acabado de una España acabada, a la que no le gustaba lo que había sido su pasado reciente ni tampoco lo que el futuro parecía traer. Como no se puede borrar la historia, queda la posibilidad de renegar una tierra de contradicciones.

Cuando estudiaba en el seminario, Luis llegó al punto de, durante una discusión más acalorada con un compañero en el seno de un trabajo de grupo sobre historia de la espiritualidad, darle dos hermosas bofetadas al futuro Cura, y hoy Obispo en algún lugar del sur de España, cuando éste le dijo que toda espiritualidad tiene que ser encuadrada y tiene límites que no se pueden superar.

Luis era un hombre grande y no soportaba la pequeñez de espíritu, especialmente cuando travestida de autoridad, lo que a la postre hizo inevitable su salida del seminario. 

Por detrás de un gran hombre, existe siempre una gran mujer, por lo menos es lo que todos dicen, siendo probablemente ahí donde había vivido durante los últimos veinte años María Luisa, la Madre de María. 

Luis era un hombre grande y se veía muy poco de María Luisa fuera de la familia, aunque dentro de casa todos supieran quién hacía posibles los repetidos milagros diarios, invisibles, que les permitían a todos ir desde el inicio hasta el final del día sin accidentes y superar cada año con el mínimo de sacrificios, a excepción, claro, de ella misma.

María Luisa tenía los ojos azules, que en perspectiva con la bahía de Vigo como telón de fondo se podrían fácilmente confundir quién era quién, en un día de verano, María tenía los ojos de su Madre y la pasión por el vino, el buen vino, del lado de su Padre. 

Entre la enorme colección de discos de sus padres, María tenía un especial interés en los discos de Luis Eduardo Aute, Aute a secas para los amigos.

Cuando Luis ponía a tocar “Pasaba por aquí”, mirada a su Madre y le entraban ganas de llorar.

Te veo muy distinta es nuevo ese carmín.

Estás mucho más guapa, será que te embellece ser feliz.

Qué cosas se me ocurren todo esto es tan pueril, si yo sólo pasaba,

pasaba por aquí, pasaba por aquí.

 

Llorar de alegría.

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